PRINCESA REVOLUCIONARIA

 

PRINCESA REVOLUCIONARIA

Nunca me ha gustado hacer balances de fin de año, y para ser sinceros, la navidad a mí me gusta celebrarla en agosto (si me seguís desde hace un tiempo, ya hemos hablado de esto). Pero este año se merece más, algo más, no sé si un balance, pero al menos una vuelta. Y como tampoco soy de convencionalidades, lo hago hoy, 18 de diciembre, porque me sale de la peineta.

2017, me has dado un poquito la lata. La verdad es que por culero has sido un rato, no nos vamos a engañar. Un alíen, una pierna biónica y un parásito menos. Unos kilos de más, también algún lastre de menos. Una mudanza disfrazada de reciclaje y del vértigo de ser propietaria, donde casi pierdo la calma y dos cactus. Una temporada más de Juego de Tronos, pero sigo sin soportar Breaking Bad ¡Qué me aspen! Sidecars en mi reproductor, the Cranberries fuera y lejos. Más vinilos, menos DVDs. Una nueva gira de Take That, porque la qué es groupie ¡es groupie! y solo se puede ser groupie contigo, aunque a veces nos dé por ser “rockers” y tengamos que ir a ver a Aerosmith en directo, o a un festival de blues, o al fin del mundo. Más labio rojo y mucha más alma flamenca. Más verbena, menos sofá con manta y Netflix. Vermú, litros y litros de vermú (señores de Martini… tomen nota y háganme socia ¡coño!). Personas que se han quedado en la cuneta y un cambio de bicicleta a furgoneta Wolskwagen, porque se han subido a mi vida personas maravillosas (ya tú sabes, lo hacemos y ya vemos, siempre, lo saben los chinos) y unos conductores maravillosos, mis padres, siempre. Un ángel, mi ángel, que me sigue cuidando desde el cielo, yaya. Cinco chinchetas más en mi mapa del mundo, con subida a un volcán incluida y tachando uno de mis sueños por cumplir. Muchas lágrimas de tristeza, pero muchas risas convertidas en lágrimas de alegría. Tocar el fondo, muy por debajo del suelo, llegar al infierno, darle la mano al diablo e impulsarme hasta el cielo, porque soy pájaro, no gusano, y las semillas se entierran, pero para crecer y convertirse en árboles, y yo soy muy baobah.

Y al final, el 2017, como todos los años, ha tenido un poco de todo, pero me ha enseñado más que nunca. Soy fuerte, soy grande y soy especial. Y he dejado de ser princesa, para ser una revolución, una revolución de labios rojos. Porque las princesas llevan zapatos de cristal, y yo botas moteras. Porque las princesas llevan recogidos maravillosos, y yo tengo el pelo bufado y me peino cuando tengo tiempo. Porque las princesas necesitan un príncipe, y yo con una taladradora y una broca del 15 voy que me sobro. Porque he aprendido a que los días con labios rojos se llevan mejor, y las noches con un vino se duermen de puta madre. Así qué este 2017 ha sido mi transformación, en una princesa, una princesa revolucionaria.