El NARCO DE LOS RECUERDOS

Léase escuchando: https://youtu.be/KG64DmsSQH4

El NARCO DE LOS RECUERDOS

Cuando se rompe una relación lo único que queda seguro son los recuerdos, buenos o malos, casi siempre de los dos tipos, pero al fin y al cabo recuerdos. El amor, el odio, el rencor, la nostalgia, la tristeza, la alegría, las lagrimas, las sonrisas, todo, al final, inevitablemente pasa. Pero no los recuerdos, los recuerdos son algo perenne, como esos árboles a los que nunca se les caen las hojas aunque nieve en invierno o les abrase el sol en verano, como un tatuaje que meditaste mucho antes de hacerte o que simplemente camuflaste de arrebato de locura adolescente. Al final, la vida, está hecha de eso, de recuerdos; pequeños pedacitos como esos con los que Gaudí hizo su lagarto del Parque Güel, pedacitos que en tú caso componen tu corazón. Y como decía Galeano “a mi un pajarito me conto que estamos hechos de historias” ¿y qué son las historias si no escritos a base de recuerdos?

Los recuerdos te persiguen, vienen a ti en forma de palabra escuchada, nombre leído o aroma olido. Incluso a veces, una pequeña acción hace que eches de menos algo que nunca habías valorado, algo que nunca habrías creído importante, ahora lo es. No nos engañemos, cuando estamos solos, se hace grande hasta pedir comida china a domicilio, a no ser que tengas un estómago de hierro y puedas soportar el pedido mínimo para que te lo acerque el motero de turno, el que, por cierto, junto al tupper blanco con tapa transparente del arroz tres delicias, también te traerá un recuerdo.

Sin embargo, la mayoría de recuerdos tienen forma, forma de regalo. Quizás, si no eres una persona detallista no valores el feliz trabajo de encontrar ese algo que haga brillar los ojos de la persona que quieres, que deseas, que amas. Y no se trata de encontrar una cosa material, envolverla y entregarla. El buen regalo, el de verdad, el que sale del alma, conlleva todo un ritual, un ritual que en muchas ocasiones es arduo complejo, ya que la persona a regalar no tiene porque ser predecible o “fácil” y esos regalos, siendo los más complicados de hacer, son los que más hacen brillar los ojos. El regalo de verdad, ese que surge de otro recuerdo (cuando lo ves sabes que es el indicado, porque te recuerda a la persona que amas) conlleva un precioso ritual de entrega, una puesta en escena magistral solo comparable a una superproducción de Hollywood, porque una entrega de regalo sin confeti y purpurina, es como un pan sin sal, una mierda.

Cuando se regala algo, de corazón, aunque no te des cuenta, se crea un recuerdo, uno de esos que perdura para siempre, una pieza de Gaudí, de las que componen corazones como lagartos, pero una de las grandes. Un trocito de puzle que queda en regalador y regalado.

Y así, poco a poco, las piezas van encajando, y el puzle se va formando, y hay puzles que crecen durante toda la vida y otros, en los que de repente dejan de encajar las piezas. Y cuando llega el final, el momento en que algo se rompe, en el que todo se acaba, en el que el dolor es más fuerte que las ganas de levantarte de la cama, en el que el proyecto de vida que has creado se desploma, como una de esas veces que intentas hacer una montaña con naipes de un baraja y al poner la última todo se desmorona. Llegado ese momento, son los recuerdos los que pesan, y las piezas del puzle parecen de cemento, y tienes que decidir qué hacer con ellas.

Si me lees hace un tiempo, ya debes saber que soy una nostálgica, y quizás sea por eso por lo que me gustaría llegar al final de mis días con todas las piezas del corazón intactas, sean de papel o de cemento ¿Qué sería del lagarto del parque Güel si le faltase un trocito de cola? Pero no todo el mundo parece desear llegar con todos los trocitos de su puzle al final de sus días, y como dice la copla “maldito parné”. Y es que cuando prefieres vender tus piezas al mejor postor, no solo vendes la pieza que compuso tu corazón, también enlosas la otra parte del recuerdo, su pieza, la que compone el suyo. Y mientras tú te conviertes en un Pablo Escobar de recuerdos, la otra persona guarda en cajas los suyos, procurando ser valiente y, aunque llorando, esperando que un día cada pieza de cemento que guarda en esa caja de cartón (que espera que soporte todo ese peso), no sea de cemento, sea de papel; y al volver a coger esa caja, ya no le de miedo que se rompa, pese menos y, al abrirla, le vuelvan a brillar los ojos recordando como el día que rasgó el papel y descubrió tú regalo fue la persona más feliz del mundo, del universo.

Pero ese día, al igual que en la copla, tú llevarás “una crucecita a cuestas” “por un puñado de euros” por traficar con recuerdos. Y aunque no creo que te hagas rico, como Escobar, si que has creado una pieza en el puzle del lagarto, y esa pieza tiene un nombre, tú nombre, “el narco de los recuerdos”